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miércoles, 16 de mayo de 2012

El gerente del Siglo XXI


El cambio que está afectando a las organizaciones en el ámbito estratégico, estructural y cultural, va modificando los roles de todas las personas que interactúan dentro de ellas.

El gerente de nivel intermedio de las próximas décadas va a tener que desarrollar sus capacidades de administrador y líder con mucha más intensidad que su equivalente actual, ya que sin personas con esas capacidades no es posible que una organización pueda adaptarse a los cambios permanentes.

Según el concepto antiguo y restringido de liderazgo, esta idea no tiene sentido, ya que el liderazgo es un don que solamente poseen unos pocos elegidos.

Sin embargo, la nueva visión integral del liderazgo admite la posibilidad de que cualquier individuo desarrolle las capacidades y destrezas que le permitan conducir efectivamente a otras personas. Dentro de este concepto, las condiciones innatas simplemente van a facilitar el desarrollo de ese proceso de aprendizaje.

Existen algunas historias que parecen apoyar el argumento de que no hay ninguna razón genética que impida el desarrollo y el crecimiento a partir de cierta edad.

Konosuke Matsushita fue uno de los principales líderes empresarios del siglo veinte. Matsushita era un joven trabajador, pero con una salud muy débil y no mostraba el menor indicio de ser una persona carismática, visionaria, brillante o con aptitudes sobresalientes para el liderazgo.

Sin embargo, creció y se convirtió en dueño de su propio negocio a los veinte años, líder empresario entre los treinta y los cuarenta y un gran transformador organizacional a los cincuenta años.

Como resultado de ello, ayudó a su corporación a recuperarse de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, a absorber nuevas tecnologías, a expandirse globalmente y a renovarse permanentemente.

A la edad de sesenta años, comenzó una exitosa carrera como escritor, se transformó en filántropo a los setenta y en educador a los ochenta.

Es probable que, en el siglo próximo, veamos surgir más personas como Matsushita, quien desarrolló sus habilidades a través de un proceso de aprendizaje que duró toda la vida. En un mundo estable, podemos aprender todo lo que necesitamos para vivir antes de los veinte años y algunos pocos son llamados a liderar al resto.

Por el contrario, en un mundo dinámico como el actual, nunca terminamos de aprender, incluso teniendo la posibilidad de vivir casi noventa años, como el caso de Matsushita, y el desarrollo de las aptitudes de liderazgo se vuelve relevante para un número creciente de personas.

A medida que se incrementa el ritmo del cambio, la voluntad y la capacidad de seguir desarrollándose se transforma en un elemento crucial para el éxito de las carreras individuales y para la supervivencia de las organizaciones.

Las personas como Matsushita, muchas veces no empiezan la carrera teniendo más dinero o inteligencia que los demás, pero sin embargo ganan porque dejan atrás a sus rivales. Desarrollan la capacidad de manejar un entorno complejo y cambiante, crecen hasta convertirse en individuos inusualmente competentes para administrar procesos de cambio en forma exitosa y, en definitiva, aprenden a ser líderes.



La presente entrada fue extraída del libro El Desafío de la Administración del Cambio de Luis Del Prado – Fundación OSDE - (pags. 321 - 322)

El desarrollo de los líderes en las organizaciones

Existe un mito bastante difundido en algunas organizaciones acerca de que el único aprendizaje efectivo es el que se realiza entre pares. Supuestamente, la amenaza de la evaluación e incluso de la humillación, se desvanece en las relaciones entre pares, a causa de la tendencia a identificarse mutuamente y a las inhibiciones sociales sobre el comportamiento autoritario entre iguales.

La capacitación entre pares puede darse de diversas formas, tales como la formación de equipos de trabajo interfuncionales en los cuales, supuestamente, no existe el ejercicio de la autoridad, sino la voluntad de intercambiar ideas libremente.

Como resultado, según afirma el mito, las personas interactúan de manera más desinhibida, escuchan más objetivamente los puntos de vista de los otros y aprenden de ese saludable intercambio.

Si bien hemos afirmado que el trabajo en equipo puede constituirse en una metodología muy poderosa, como toda herramienta debe ser utilizada en función de las circunstancias.

Su abuso puede provocar la pérdida de las iniciativas y la formación de relaciones individuales entre jefes y líderes potenciales.

El desarrollo de estas relaciones individuales en las que existe una diferencia formal y reconocida de poder entre las personas involucradas, requiere un alto grado de tolerancia al intercambio emocional que se produce de manera inevitable.

Me ha tocado conocer varios casos de gerentes brillantes que han tenido que emigrar de organizaciones porque sus jefes no estaban dispuestos a admitir la presión de cambio y los constantes desafíos que ellos ejercían.

Los que ocupan las posiciones jerárquicas más altas tienen todo el derecho a elegir colaboradores que congenien con ellos, pero me pregunto si no es una gran virtud el hecho de tolerar los impulsos competitivos y el comportamiento de los subordinados, en función del beneficio potencial para la organización.

En el ámbito universitario, no dejo de sorprenderme de la frecuencia con que los que ocupan los puestos más altos de la jerarquía, se sienten amenazados por los desafíos a las ideas establecidas.

Una actitud bastante común es la de evitar los enfrentamientos directos y, sin embargo, éstos constituyen la mejor manera de validar la distinción entre la autoridad que debe ser preservada y las cuestiones que deben ser discutidas.
La capacidad de confrontar incluye la capacidad de tolerar cierta agresividad en el intercambio. Esa capacidad no sólo tiene el efecto de descorrer el velo de la ambigüedad y señalar las características de la cultura organizacional, sino también el de alentar el contenido emocional de las relaciones que los líderes necesitan
para sobrevivir.


La presente entrada fue extraída del libro El Desafío de la Administración del Cambio de Luis Del Prado – Fundación OSDE (pags. 314-315)