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martes, 26 de agosto de 2025
lunes, 29 de junio de 2020
Telxínoe: Horacio Quiroga IV
En esta ocasión traemos de la mano de Hernán Casciari, un cuento del gran escritor uruguayo Horacio Quiroga, La almohada de plumas, que presentó en su cierre nocturno en la noche de Telefé.
Aquí el video del cuento:
lunes, 20 de enero de 2020
Telxínoe: Horacio Quiroga III
Las medias de los flamencos de Horacio
Quiroga, es uno de sus cuentos publicado originalmente en el libro Cuentos de
la Selva, publicado en 1918 en Buenos Aires.
Las medias de los flamencos
Cierta vez las víboras dieron un gran baile.
Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los
peces. Los peces, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a
la orilla del río, los peces estaban asomados a la arena, y aplaudían con la
cola.
Los yacarés, para adornarse bien, se habían
puesto en el pescuezo un collar de plátanos, y fumaban cigarros paraguayos. Los
sapos se habían pegado escamas de peces en todo el cuerpo, y caminaban
meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla
del río, los peces les gritaban haciéndoles burla.
Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo,
y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgada, como un farolito,
una luciérnaga que se balanceaba.
Pero las que estaban hermosísimas eran las
víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del
mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una pollerita de tul
colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y
las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y
ceniza, porque así es el color de las yararás.
Y las más espléndidas de todas eran las
víboras de que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, y negras, y
bailaban como serpentinas Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas
en la punta de la cola, todos los invitados aplaudían como locos.
Sólo los flamencos, que entonces tenían las
patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo
los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia, no
habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de
las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos,
coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los flamencos se
morían de envidia.
Un flamenco dijo entonces:
—Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos
medias coloradas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de
nosotros.
Y levantando todos juntos el vuelo, cruzaron
el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo.
—¡Tan-tan! —pegaron con las patas.
—¿Quién es? —respondió el almacenero.
—Somos los flamencos. ¿Tiene medias
coloradas, blancas y negras?
—No, no hay —contestó el almacenero—. ¿Están
locos? En ninguna parte van a encontrar medias así. Los flamencos fueron
entonces a otro almacén.
—¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas
y negras?
El almacenero contestó:
—¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No
hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿quiénes son?
—Somos los flamencos— respondieron ellos.
Y el hombre dijo:
—Entonces son con seguridad flamencos locos.
Fueron a otro almacén.
—¡Tan-tan! ¿Tiene medias coloradas, blancas y
negras?
El almacenero gritó :
—¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras
? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así.
¡Váyanse en seguida!
Y el hombre los echó con la escoba.
Los flamencos recorrieron así todos los
almacenes, y de todas partes los echaban por locos.
Entonces un tatú, que había ido a tomar agua
al río se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo:
—¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo
que ustedes buscan. No van a encontrar medias así en ningún almacén. Tal vez
haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi
cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las
medias coloradas, blancas y negras.
Los flamencos le dieron las gracias, y se
fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron:
—¡Buenas noches, lechuza! Venimos a pedirte
las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras, y
si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.
—¡Con mucho gusto! —respondió la lechuza—.
Esperen un segundo, y vuelvo en seguida.
Y echando a volar, dejó solos a los
flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros de
víboras de coral, lindísimos cueros. recién sacados a las víboras que la
lechuza había cazado.
—Aquí están las medias —les dijo la lechuza—.
No se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen toda la noche, bailen
sin parar un momento, bailen de costado, de cabeza, como ustedes quieran; pero
no paren un momento, porque en vez de bailar van entonces a llorar.
Pero los flamencos, como son tan tontos, no
comprendían bien qué gran peligro había para ellos en eso, y locos de alegría
se pusieron los cueros de las víboras como medias, metiendo las patas dentro de
los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile.
Cuando vieron a tos flamencos con sus
hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían bailar con
ellos únicamente, y como los flamencos no dejaban un Instante de mover las
patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas
medias.
Pero poco a poco, sin embargo, las víboras
comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al lado de
ellas, se agachaban hasta el suelo para ver bien.
Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy
inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se agachaban también tratando
de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la lengua de la
víbora es como la mano de las personas. Pero los flamencos bailaban y bailaban
sin cesar, aunque estaban cansadísimos y ya no podían más.
Las víboras de coral, que conocieron esto,
pidieron en seguida a las ranas sus farolitos, que eran bichitos de luz, y
esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados.
Efectivamente, un minuto después, un
flamenco, que ya no podía más, tropezó con un yacaré, se tambaleó y cayó de
costado. En seguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos y
alumbraron bien las patas de! flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias, y
lanzaron un silbido que se oyó desde la otra orilla del Paraná.
—¡No son medias!— gritaron las víboras—. ¡
Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras
hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de
víboras de coral
Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo
porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no
pudieron levantar una sola pata. Entonces las víboras de coral se lanzaron
sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscones las
medias. Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas y les mordían también
las patas, para que murieran.
Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un
lado para otro sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas,
Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de medias, las
víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de sus trajes de
baile.
Además, las víboras de coral estaban seguras
de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las
víboras de coral que los habían mordido eran venenosas.
Pero los flamencos no murieron. Corrieron a
echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor y sus patas, que eran blancas,
estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días, y
siempre sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre de color de
sangre, porque estaban envenenadas.
Hace de esto muchísimo tiempo. Y ahora
todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en
el agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas.
A veces se apartan de la orilla, y dan unos
pasos por tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven
en seguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor que sienten es tan
grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden
estirarla.
Esta es la historia de los flamencos, que
antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los peces
saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan
en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiéndose a cuanto pececito se
acerca demasiado a burlarse de ellos.
Páginas consultadas:
lunes, 13 de enero de 2020
Telxínoe: Horacio Quiroga II
La muerte dramática es una constante en los
cuentos de Horacio Quiroga, hoy presentamos:
El Hijo
Es un poderoso día de verano en Misiones, con
todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza,
plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.
Como el sol, el calor y la calma ambiente, el
padre abre también su corazón a la naturaleza.
–Ten cuidado, chiquito –dice a su hijo,
abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo
comprende perfectamente.
–Sí, papá –responde la criatura mientras coge
la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con
cuidado.
–Vuelve a la hora de almorzar –observa aún el
padre.
–Sí, papá –repite el chico.
Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su
padre, lo besa en la cabeza y parte. Su padre lo sigue un rato con los ojos y
vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño.
Sabe que su hijo es educado desde su más
tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un
fusil y cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino
trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules,
frescos aún de sorpresa infantil. No necesita el padre levantar los ojos de su
quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo.
Ha cruzado la picada roja y se encamina
rectamente al monte a través del abra de espartillo.
Para cazar en el monte –caza de pelo– se
requiere más paciencia de la que su cachorro puede rendir. Después de atravesar
esa isla de monte, su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en
procura de palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su amigo
Juan ha descubierto días anteriores. Sólo ahora, el padre esboza una sonrisa al
recuerdo de la pasión cinegética de las dos criaturas. Cazan sólo a veces un
yacútoro, un surucuá –menos aún– y regresan triunfales, Juan a su rancho con el
fusil de nueve milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta con la
gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple cierre y pólvora blanca.
Él fue lo mismo. A los trece años hubiera
dado la vida por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora
y el padre sonríe…
No es fácil, sin embargo, para un padre
viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha
hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y
manos desde que tenía cuatro años, consciente de la inmensidad de ciertos
peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.
Ese padre ha debido luchar fuertemente contra
lo que él considera su egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal,
sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo!
El peligro subsiste siempre para el hombre en
cualquier edad; pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no
contar sino con sus propias fuerzas.
De este modo ha educado el padre a su hijo. Y
para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos
morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace un
tiempo de alucinaciones.
Ha visto, concretados en dolorosísima
ilusión, recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que
se recluyó. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha
visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del
taller una bala de parabellum, siendo así que lo que hacía era limar la hebilla
de su cinturón de caza.
Horrible caso… Pero hoy, con el ardiente y
vital día de verano, cuyo amor a su hijo parece haber heredado, el padre se
siente feliz, tranquilo y seguro del porvenir.
En ese instante, no muy lejos, suena un
estampido.
–La Saint-Étienne… –piensa el padre al reconocer
la detonación. Dos palomas de menos en el monte…
Sin prestar más atención al nimio
acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevo en su tarea.
El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo.
Adónde quiera que se mire –piedras, tierra, árboles–, el aire enrarecido como
en un horno vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e
impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la
vida tropical.
El padre echa una ojeada a su muñeca: las
doce. Y levanta los ojos al monte. Su hijo debía estar ya de vuelta. En la
mutua confianza que depositan el uno en el otro –el padre de sienes plateadas y
la criatura de trece años–, no se engañan jamás. Cuando su hijo responde: “Sí,
papá”, hará lo que dice. Dijo que volvería antes de las doce, y el padre ha
sonreído al verlo partir. Y no ha vuelto.
El hombre torna a su quehacer, esforzándose
en concentrar la atención en su tarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la
noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se
descansa inmóvil?
El tiempo ha pasado; son las doce y media. El
padre sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del
fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente,
por primera vez en las tres transcurridas, piensa que tras el estampido de la
Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso
conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del
bosque, esperándolo.
¡Oh! no son suficientes un carácter templado
y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de
la fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte.
Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos nimios motivos que
pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón.
Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace
mucho. Tras él, el padre no ha oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha
cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una
gran desgracia…
La cabeza al aire y sin machete, el padre va.
Corta el abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus sin
hallar el menor rastro de su hijo.
Pero la naturaleza prosigue detenida. Y
cuando el padre ha recorrido las sendas de caza conocidas y ha explorado el
bañado en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo
lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.
Ni un reproche que hacerse, es lamentable.
Sólo la realidad fría, terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un…
¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el
monte! ¡Oh, muy sucio ! Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos
con la escopeta en la mano…
El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse
en el aire… ¡Oh, no es su hijo, no! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro…
Nada se ganaría con ver el color de su tez y
la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su
corazón clama por él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo
acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su
muerte.
–¡Chiquito! –se le escapa de pronto. Y si la
voz de un hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los
oídos ante la angustia que clama en aquella voz.
Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas
rojas de sol, envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo que acaba
de morir.
–¡Hijito mío..! ¡Chiquito mío..! –clama en un
diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas.
Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha
sufrido la alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al
cromo níquel. Ahora, en cada rincón sombrío del bosque, ve centellos de
alambre; y al pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a su…
–¡Chiquito…! ¡Mi hijo!
Las fuerzas que permiten entregar un pobre
padre alucinado a la más atroz pesadilla tienen también un límite. Y el nuestro
siente que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un
pique lateral a su hijo.
A un chico de trece años bástale ver desde
cincuenta metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte para
apresurar el paso con los ojos húmedos.
–Chiquito… –murmura el hombre. Y, exhausto,
se deja caer sentado en la arena albeante, rodeando con los brazos las piernas
de su hijo.
La criatura, así ceñida, queda de pie; y como
comprende el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:
–Pobre papá…
En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las
tres…
Juntos ahora, padre e hijo emprenden el
regreso a la casa.
–¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la
hora…? –murmura aún el primero.
–Me fijé, papá… Pero cuando iba a volver vi
las garzas de Juan y las seguí…
–¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!
–Piapiá… –murmura también el chico.
Después de un largo silencio:
–Y las garzas, ¿las mataste? –pregunta el
padre.
–No.
Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo
y el aire candentes, a la descubierta por el abra de espartillo, el hombre
vuelve a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos,
lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque
quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad.
Sonríe de alucinada felicidad… Pues ese padre
va solo.
A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en
el vacío. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto,
enredadas en el alambre de púa, su hijo bienamado yace al sol, muerto desde las
diez de la mañana.
Páginas consultadas
lunes, 28 de octubre de 2019
Telxínoe: Horacio Quiroga (1878 - 1937)
Horacio
Quiroga (Salto, 1878 - Buenos Aires, 1937) fue un narrador y poeta uruguayo
radicado en Argentina, considerado uno de los mayores cuentistas
latinoamericanos de todos los tiempos, de prosa vívida y naturalista, su obra
se sitúa entre la declinación del modernismo y la emergencia de las
vanguardias. Sus relatos a menudo retratan a la naturaleza bajo rasgos temibles
y horrorosos, como enemiga del ser humano. Fue comparado con el estadounidense
Edgar Allan Poe.
Las
tragedias marcaron la vida de Quiroga: su padre murió en un accidente de caza,
y su padrastro y posteriormente su primera esposa se suicidaron; además,
Quiroga mató accidentalmente de un disparo a su amigo Federico Ferrando. Aquejado
por un cáncer gástrico, internado en el Hospital de Clínicas de la Ciudad de
Buenos Aires, se suicida a los 58 años, ingiriendo una poción de cianuro.
Sus
principales relatos fueron publicados en distintos libros: Cuentos de amor, de
locura y de muerte, Cuentos de la selva y El salvaje, y la obra teatral Las
sacrificadas. Le siguieron nuevas recopilaciones de cuentos, como Anaconda, El
desierto, La gallina degollada y otros cuentos y el que es quizás su mejor
libro de relatos, Los desterrados, la novela Pasado amor, y en 1935 publicó su
último libro de cuentos, Más allá. Colaboró en diferentes periódicos y
revistas: Caras y Caretas, Fray Mocho, La Novela Semanal y La Nación, entre
otros.
A
la deriva
El
hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó
adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre
sí misma esperaba otro ataque.
El
hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban
dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y
hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de
lomo, dislocándole las vértebras.
El
hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un
instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y
comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su
pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El
dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto
el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían
irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con
dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le
arrancó un nuevo juramento.
Llegó
por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos
puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero.
La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su
mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo
devoraba.
—¡Dorotea!
-alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña!
Su
mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no
había sentido gusto alguno.
—¡Te
pedí caña, no agua! -rugió de nuevo. ¡Dame caña!
—¡Pero
es caña, Paulino! -protestó la mujer espantada.
—¡No,
me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La
mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras
otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
—Bueno;
esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre
gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una
monstruosa morcilla.
Los
dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a
la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más,
aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo
mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero
el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa.
Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la
corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo
llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú. El hombre, con sombría energía,
pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas
dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—
dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La
pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que
reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su
cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y
terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a
Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho
tiempo que estaban disgustados.
La
corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre
pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los
veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves!
-gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
—¡Compadre
Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo.
En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor
para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó
velozmente a la deriva.
El
Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien
metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros
bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los
costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado
se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo,
y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza
sombría y calma cobra una majestad única.
El
sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo
un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la
cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su
pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El
veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía
fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del
todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El
bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya
nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en
Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor
del obraje.
¿Llegaría
pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se
había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte
dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de
azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio
hacia el Paraguay.
Allá
abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre
sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía
cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin
ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve
meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente. De pronto sintió que
estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al
recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en
Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El
hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
—Un
jueves...
Y
cesó de respirar.
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consultadas
martes, 2 de agosto de 2016
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