Este artículo fue publicado en el portal Infobae, del que fuera Ministro
de Educación de la Ciudad de Buenos Aires (2007-2009), Mariano Narodowski, miembro académico del Consejo Nacional de la
Calidad de la Educación de la Argentina, y que nos permite analizar las
inquietudes que tenemos sobre la irrupción de la inteligencia artificial
generativa en la docencia. Leemos en el mismo:
Es
posible automatizar la enseñanza
Mientras el mundo cambia a pasos agigantados, grandes preguntas sobre la
función docente y la estructura escolar en tiempos de inteligencia artificial
aún esperan respuestas
En
una entrevista viralizada, Mario Pergolini afirmó que en un futuro
cercano la inteligencia artificial generativa (IAG) reemplazará a los
docentes en muchas de sus actividades actuales. Como era de esperar, fue
durísima la reacción de muchos expertos educativos, acusándolo de no entender
la especificidad de la educación y la necesidad de un vínculo humano en la
transmisión de conocimientos. Pero los reproches eluden una respuesta honesta y
rigurosa a una pregunta incómoda: ¿Es posible automatizar la enseñanza?
La
simplificación y optimización del trabajo —desde el martillo y el arado hasta
la plancha, o un brazo robótico industrial— muestran que las tecnologías
permiten mejores resultados con menor gasto de energía humana. Esta
automatización se acelera porque el capitalismo ya no vive de la escasez sino
de la abundancia y las máquinas producen bienes, pero también otras máquinas
que producen máquinas que producen máquinas: somos testigos del desenfreno
maquínico.
La
enseñanza también se automatizó y las escuelas son el ejemplo. Hasta el siglo
XVII, la enseñanza era de un maestro a un alumno o a un grupo pequeño. Desde
entonces, ese “uno a uno” se optimiza por medio de la sala de clase donde un
solo docente le enseña los mismos conocimientos con el mismo grado de
dificultad a un grupo grande de alumnos de la misma edad, lo que se amplifica
con la conformación de grandes sistemas educativos. La nueva “tecnología
escolar” permite enseñar “uno a muchos” y luego “muchos a muchísimos”, con
métodos estandarizados y no personalizados que antes no existían.
Varios
se opusieron a la nueva tecnología. John Locke, por ejemplo, señaló que en la
escuela los niños aprenden más de sus compañeros que de sus maestros y que allí
se adquieren tonterías. Pero ninguna queja detuvo la optimización de la
enseñanza mediante escuelas.
Durante
el siglo XX, la automatización de la enseñanza fue un objetivo central en los
Estados Unidos y la Unión Soviética, que protagonizaron una suerte de “carrera
espacial” pero con máquinas de enseñar que iban desde rudimentarias
adaptaciones de máquinas de escribir hasta dispositivos complejos que se
vendían en tiendas o que el gobierno distribuía en escuelas, creando el
concepto de “tecnología educativa”.
Con
computadoras personales e Internet, la automatización de la enseñanza se
acelera en plataformas adaptativas que ofrecen actividades ajustadas a la
dificultad del alumno, enseñanza en plataformas de acceso libre y gratuito
donde podemos aprender a arreglar un calefón o entender a Hegel, enseñanza
online a alumnos ubicados en cualquier lugar del mundo, bots y tutores
virtuales que acompañan el aprendizaje, etc.
¿Por
qué la enseñanza sería una excepción en los procesos de automatización del
trabajo humano?
El filósofo George Caffentzis muestra que este excepcionalismo es apenas una
defensa de los trabajadores intelectuales que argumentan que lo suyo es algo
especial. Lo mismo pensaban los maestros “uno a uno” del siglo XVII…
El
punto que propone Pergolini es que la IAG comienza a resolver problemas
concretos de automatización de la enseñanza. A eso agregaría que los nuevos
modelos son muy intuitivos, no hace falta saber programar y son de acceso libre
o bajo costo.
Sin
embargo, hasta ahora la IAG no ha generado una tecnología específica de la
enseñanza que modifique a las escuelas, solo productos que complementan pero no
reemplazan. Es altamente probable que en poco tiempo una nueva tecnología
basada en IAG va a emerger como surgieron los smartphones: efecto de la
ciencia y del mercado y no de políticas educativas. Con el tiempo la iremos
incorporando voluntariamente como lo hicimos con los celulares.
Por
supuesto, quedan muchas preguntas aún sin respuesta: ¿Cambiará el trabajo
docente asalariado? ¿Cómo serán las escuelas (o como se llamen)? ¿Qué sucederá
con las tareas asistenciales y de cuidado de la infancia? ¿Cómo serán los
procesos de socialización? ¿Qué impacto tendrá en los procesos cognitivos?
Bloquearnos
frente a este debate fascinante por motivos corporativos o morales, o taponarlo
frente al vértigo que nos causa ser testigos de esta aceleración exponencial no
parece la mejor idea, ni siquiera para los herederos de Locke, quienes se
oponen al tsunami como si su voluntad lo pudiera detener. Incluso a ellos, les
va a venir bien más realismo y menos idealización. A todos nos va a brindar más
capacidad para entender lo que viene; lo que ya llegó.
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