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martes, 21 de septiembre de 2021

Huellas: Un artículo sobre Competencia y Agresión

El periodista Aldo Godino publica un artículo en el portal BAE Negocios, en la que nos propone reflexionar sobre nuestra propia competitividad en las empresas.

Leemos en el artículo:

Un gran problema: competencia y agresión

Ganar se ha convertido en el mayor valor, sin importar cómo se logre

El hecho de ser competitivo puede tener una connotación desagradable en la sociedad de hoy. En cierto modo, la competitividad se ha convertido en sinónimo de codicia, envidia y narcisismo. Sin embargo, es completamente natural e inevitable. Permitirnos sentir nuestra propia competitividad de manera limpia y directa es muy saludable. Porque nuestros sentimientos competitivos son una indicación de lo que queremos y esto es bueno.

La competitividad no está reñida con la colaboración ni con el compañerismo. Es más, el sentimiento de competitividad no tiene por qué significar ser más que otro, sino que puede transformarse en la necesidad de ser mejor de lo que se es y alcanzar incluso objetivos comunes. Recordemos lo que afirmaba Henry Ford: “Llegar juntos es el principio. Mantenerse juntos, es el progreso. Trabajar juntos es el éxito.”

Ahora bien, hay un perfil especialmente dañino y problemático en muchos de nuestros entornos: son las personas competitivas agresivas. Son esos hombres y mujeres que ansían escalar posiciones vulnerando derechos, manipulando y creando climas tan estresantes como complejos para la salud psicológica.

Estas personas no dudan en avasallar y apropiarse incluso de logros ajenos para tomar ventaja, sea como sea. Son perfiles altamente dañinos que crean ámbitos caracterizados por el estrés y la ansiedad. De algún modo, este tipo de comportamientos se ven en diferentes escenarios: en trabajos, colegios, universidades e incluso entre nuestros familiares y grupos de amigos. Siempre hay alguien con una necesidad innata por superarnos, por impresionar al resto.

Todos necesitamos ser los mejores en algún momento. El modo en que lo logramos, los mecanismos que utilizamos, dicen mucho de nosotros y, sobre todo, de nuestro perfil psicológico. El periodista Stieg Larsson sostenía: “Yo no pienso competir contigo. Yo hago lo mío mejor que tú. Y tú haces lo tuyo mejor que yo”. La competición en cualquier ámbito de nuestra vida nos hace crecer cuando es respetuosa y no deriva en dinámicas contaminadas por la agresión, la humillación o el boicoteo.

En una sociedad ultra competitiva aparecen personas a las que no les importa mentir ni utilizar a los demás si con ello consiguen sus objetivos. Se caracterizan por el menosprecio y el desconocimiento sistemático de los derechos ajenos. Les tiene sin cuidado usar, instrumentalizar o pasar por encima de quien sea. Lamentablemente, muchos de ellos han llegado a ser líderes en diferentes ámbitos. 

Ganar se ha convertido en el mayor valor, sin importar cómo se logre. Para ser el mejor atleta en la Grecia Antigua había que trabajar muchísimo y desarrollar talentos excepcionales. Para ser poderoso en la sociedad actual, a veces solo hace falta no tener escrúpulos, moral o sentimiento de culpa. Un contexto altamente competitivo y éticamente pobre, obviamente, refuerza estas ideas. Si existen personas así es porque las sociedades validan su lógica. Son arrogantes y crueles, pero tienen éxito gracias a sus audiencias, esas sí fracasadas e ingenuas, que no ofrecen resistencia a sus ardides.

No nos engañemos: cuando descubrimos una personalidad agresivamente competitiva, encontramos un problema. Que alguien se fije en nuestros éxitos es algo bueno en realidad, pero deberemos buscar recursos para que no nos haga daño.

Un cuento tradicional del Litoral. “Estaba el Niño Jesús a la costa del Paraná modelando figuras de pajaritos con sus manos embarradas. Luego de trabajarlos bien, los colocaba en la palma de la mano y los soplaba, como si les diera un beso y los animalitos se largaban a volar.

Un día quiso hacer algo realmente bonito. Buscó las flores más lindas, los colores más brillantes y se los colocó en su mano. Mezcló todo con un puñadito de tierra colorada del Paraná. Lo amasó despacito hasta hacer una pasta tierna. Y le dio la forma de un pajarito, en el que metió una chispa del relámpago. Lo arrimó despacito a la boca y lo rozó apenas con sus labios. Tocado por ese soplo el pajarito se estremeció entero y abriendo las alas partió hacia arriba, para ser una flor temblorosa frente a un racimo azul de jacarandá. Así nació el colibrí.

Pero resulta que el diablo, lo andaba espiando. Porque le gustaba competir. Fue haciendo lo que le veía hacer. Juntó también un poco de los colores de las flores y los mezcló con un temblor de refucilo. Buscó la greda colorada del Paraná y con sus dedos trató de darle forma a la pasta. No le salió tan prolijo, porque de apurado tenía un ojo en lo que miraba y otro en lo que hacía. Lo que siempre es feo. Cuando lo tuvo listo a su pajarito, tenía que soplarlo. Pero el diablo tiene mal aliento. En cuanto lo quiso besar, el pobre bichito se aplastó contra la mano. Lo tiró hacia arriba, a fin de que volara. Y resultó que en vez de largarse de flor en flor, el animalito cayó al suelo y se desparramó todo. Así nació el escuerzo. A pesar de que tiene lindos colores, siempre anda aplastado, porque lleva encima el mal aliento del diablo.

Dios inventó el amor, con todo lo lindo que encontró, y le dio el beso de su bendición. El diablo quiso copiarlo, y lo que le salió fue el vicio y el egoísmo. En muchas cosas se parecen, pero son muy distintos.”

 


 

Páginas consultadas:
https://www.baenegocios.com/saludybienestar/Un-gran-problema-competencia-y-agresion-20210919-0019.html?utm_source=dlvr.it&utm_medium=twitter

 

lunes, 18 de mayo de 2020

Huellas: El impacto de la pandemia en personas y organizaciones

Esta publicación es un artículo de BAE Negocios, sobre la problemática que viven las personas y como impactan en las organizaciones el cambio que viene desarrollándose a partir de la pandemia que nos toca vivir.

Leemos en el artículo:

Cómo impacta en personas y organizaciones este cambio abrupto y no planificado

Gestionar la virtualidad, el nuevo desafío de líderes y empresas. Solo un líder resiliente será capaz de afrontar este trance

Por Juan Pablo Sanguinetti


Hubo una primera etapa de la virtualidad que vino de la mano de la globalización. Luego una segunda, determinada por la intención de operar en más mercados. Y actualmente afrontamos esta tercera instancia, en la cual nos vemos obligados a ser virtuales. No es el mercado esta vez el motor, sino la pandemia.

El gran reto es cómo sostener esta situación en un equilibro inestable, lidiar con los requerimientos de las empresas y la vida personal, que no estaba preparada para transitar esta circunstancia. Nos encontramos con los chicos en casa, que a su vez se convirtió en el lugar de trabajo. Es la primera vez en nuestras vidas que todo sucede en el mismo espacio, y estamos tironeados con muchos roles.

Nuevos ritos, nuevos pactos

Por eso es necesario armar nuevos ritos en casa, para generar el espacio donde nadie moleste. Proponer nuevos pactos en la familia, sabiendo que estos pactos van a permanecer en el tiempo. Hay que preparar definitivamente nuestras casas para el trabajo a distancia. Esto deberá conjugarse a su vez con las necesidades y horarios de los equipos.

¿Cómo se mantiene en este contexto la motivación? ¿Cómo mantener la identidad de un equipo? Afortunadamente, para las nuevas generaciones la motivación no tiene que ver con el espacio. Estando conectados comparten un propósito común, sin importar el espacio físico, porque el espacio que se comparte es el propósito.

Si miramos el escenario de las organizaciones, podríamos dividirlas en tres: las que ya funcionan de este modo, las que no lo hacen pero van en ese camino, y aquellas que sólo están esperando que esto pase y volver al pasado. Entre las primeras hay muchas empresas de servicios, de desarrollo de software, empresas que gestionan tecnologías.

Un desafío importante que asoma es cómo mantener la integración entre la gente en planta y los que hacen home office. Debemos procurar la formación de equipos mixtos, valorando la diversidad y los diferentes roles de cada uno. Es esa la manera de generar un espíritu común, una interacción y colaboración, aceptando que todos son distintos.

El liderazgo también adquiere hoy otras características. Las habilidades fundamentales son tres. La primera se basa en la tecnología: saber hacer un buen uso, amigarse con ella, conocer todo lo que nos permite hacer y reconocerle el valor que realmente tiene. La segunda, ser capaces de armar modelos de gestión que se operen de forma rigurosa y asegurar la colaboración. La tercera, una buena gestión de las reuniones virtuales.

Solo un líder con capacidad de resiliencia será capaz de afrontar este trance. No todos líderes tienen esa capacidad de transformarse, pero se los puede ayudar. Es un momento donde cobran importancia en este punto las áreas de RRHH a través de la capacitación y la sensibilización. Es la hora de dar el paso y no volver atrás. ¿Qué les decimos nosotros a las empresas? Súbanse a este tren e impulsen las cosas que pudieron poner en marcha.





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